La Cerámica Virreinal

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4May

La conformación de la cultura mexicana está llena de complejidades y vacíos que pasan inadvertidos, es decir, los mexicanos sabemos que somos producto del mestizaje, sin embargo, las ambivalencias que el término implica son de fina urdimbre, complejas, difíciles de explicar. ¿Quiénes somos?, ¿en qué creemos?, ¿Qué es eso que nos hace únicos y diferentes al resto del mundo? En este sentido, el periodo virreinal fue crucial en la conformación de nuestra identidad, más aún, fue crucial en el desarrollo de la actividad arte artesanal que hoy día es un ingrediente esencial de identidad nacional. No obstante, desconocemos muchos detalles sobre este periodo histórico, sea porque hemos dado mayor importancia a las historias de batallas (espada y cruz mediante) o porque no hay datos suficientes de la vida privada, registros que nos darían luz sobre el tema ya que fue justo en la cotidianeidad que la transculturización de nuestro pueblo tuvo cabida. Pero como ha sucedido en todos los grandes descubrimientos de la humanidad, la cerámica nos da mucha luz de lo que somos y hemos sido.

El Virreinato de la Nueva España era una extensión del Reino de España, no obstante, sus habitantes no contaban con los privilegios de los peninsulares. Era una colonia, un territorio al que llegaron habitantes de otras tierras, trayendo consigo su cultura, sus costumbres, mismas que fueron impuestas a los habitantes originarios, eso lo tenemos claro, pero solemos soslayar que el Reino de España acababa de tener el más grande golpe de suerte: acababa de encontrar la salvación económica y cultural ante el predominio musulmán y necesitaba imponer su nuevo orden por encima del resto del mundo (y el resto del mundo incluía a sus colonias). Europa, que había sido una minoría acorralada por el poderío árabe, reformulaba los valores establecidos, el oro y plata extraído de las minas del Nuevo Mundo eran ahora la moneda de cambio; la piña, jitomate, y chocolate, provenientes de América conquistaban paladares y eran inmortalizados en pinturas de bodegones para dejar constancia de la opulencia y riqueza que ahora poseía Occidente. Así, toda la riqueza que aportaron las civilizaciones originarias al Viejo Mundo fue asimilada con naturalidad, como botín de guerra, el intercambio que se generó fue visto como provechoso para el recién estrenado Imperio español pues ayudaba a la creación de un nuevo imaginario donde el Viejo Mundo era la cuna de la civilización.

Del lado de acá, en lo que hoy es México, las aportaciones provenientes del otro lado del océano Atlántico fueron interiorizadas en silencio, siempre en función y beneficio de la Corona. Los colonos españoles viajaron a tierras amerindias trayendo consigo sus mejores lozas. Y no sólo eso, para satisfacer las nuevas demandas, llegaron también los maestros artesanos, quienes enseguida supieron distinguir y aprovechar la fina mano artesanal del nuevo continente. No olvidemos que la alfarería había sido practicada en Mesoamérica desde tiempos prehispánicos. Los alfareros originarios de estas tierras se convirtieron en oficiantes, nunca en maestros ya que tal título estaba reservado a quienes contaban con sangre pura española. Pese a ello, el sincretismo empezaría su trabajo. La creatividad y destreza de la gente originaria de América, en combinación con las nuevas técnicas traídas de Occidente, enriquecieron el imaginario que más tarde conformaría lo que identificamos como mexicano.

Por su parte, el desarrollo de la cerámica había ya recorrido el mundo, siempre en busca de mejores tierras donde ser apreciada y adquirida. La cerámica de Medio Oriente había sido influenciada por la porcelana china. Los árabes, incapaces de replicar la blancura natural de la porcelana china, crearon el esmalte blanco (mediante el uso del estaño) para disfrazar su arcilla gris y posteriormente decorarla con motivos azules y dorados. Tal innovación sedujo el gusto del Lejano Oriente, donde no existen minas de cobalto, mineral del cual se obtiene el azul. Todo este intercambio producido en el siglo VII, influyó notablemente en la cerámica europea introducida durante la Colonia en América, en el siglo XVI. Aunado a ello, la nueva ruta comercial ganado por el Imperio Español transportaba en la afamada nao de china especies, seda, maderas y la codiciada porcelana desde el puerto de Manila hasta Acapulco para luego atravesar la Nueva España por tierra haciendo breve estaciones en Cuernavaca, Puebla y Xalapa donde se organizaban ferias comerciales cuyas transacciones enriquecían la vida económica del Nuevo Mundo. Finalmente, las mercancías eran embarcadas en puerto de Veracruz rumbo a España, su destino final, junto con la plata, las nuevas especias y demás riquezas del Nuevo Mundo. No es casualidad el desarrollo de la Talavera en Puebla, punto comercial clave, siendo el paso intermedio hacia el Golfo de México, como tampoco es casual la notoria herencia cultural árabe heredada por España, y enriquecida por la mano artesanal de la región, que aún hoy día podemos apreciar en las piezas de talavera.

Lo que hoy reconocemos como cerámica tradicional mexicana tiene su origen más cercano en el Virreinato, ese crisol de identidades diversas, y tiene su raíz más profunda en la notable tradición alfarera prehispánica. El mundo indígena, el mundo europeo, el mundo árabe, todos fueron asimilados, reformulados y asumidos como propios, todos ellos tuvieron cabida en tazones, platos, cuencos. Hoy por hoy podríamos sorprendernos al contemplar las similitudes entre un plato de la Bagdad imperial del s. IX, un lebrillo colonial del s. XVII y/o un platón producido en Michoacán ayer mismo. Los ecos del viejo mundo, presentes en la cerámica virreinal resuenan en el tintineo de la loza que hoy día catalogamos de mexicana. Esa herencia, ese aire familiar es el secreto encanto de nuestra cerámica. Probablemente, pensémoslo, la cerámica, lo cotidiano de su uso en la vida privada haya tenido mucho más que ver en la conformación de nuestra identidad, que cualquier ideario o manifiesto de “los hombres que nos dieron patria y libertad”. Después de todo, la cerámica mexicana, compañera íntima del día a día vio la luz incluso antes que México, como nación.

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