El señor de los Cacharros

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4Mar

Gustavo Pérez es un referente en la cerámica del mundo. Críticos y literatos han acercado en palabras lo que la arcilla de Gustavo representa, sin embargo, a mi parecer, sólo el encuentro con ella puede acercar el deseo hormigueante en las manos de tocar y aprehenderla.

La primera vez que visité su taller el único antecedente que tenía era artista que hacía cientos de cacharros de los cuales alguno merecía la pena. Íbamos por los cacharros, por esas formas torneadas, útiles y sin pretensiones de arte, igualmente hermosas y trabajadas por él. Antes incluso de entrar, una ¿maceta? al borde del camino llamó mi atención. En ella sobresalían flores silvestres de color rosado que crecen en cúmulos, se desbordaban por sus paredes y cubrían el lindero del camino. Seguí adelante y sobre el umbral de la puerta vi un nido de insecto (en ese tiempo yo nada sabía de insectos… ni de cerámica) parecido a túneles de arcilla. Alguna araña, pensé, curiosamente eran de avispa alfarera. Entré al fin, la gente del taller trabajaba cada uno en lo propio. La música llenaba el espacio. Sobre una mesa, el torno de Gustavo contenía una forma que me pareció algo así como una estrella de mar intentando moverse en un agua densa. Ese afán mío de encontrar figuras en cualquier lado me hizo ver otro nido del insecto, éste sí, claramente hecho de barro por una persona. Volví a mirar el libro, el título evocaba el mar. Más allá una figura de arcilla plegada con toda intensión, expresiva por sí misma, callada, en espera. ¿Y yo? callaba, miraba la mirada atenta de Gustavo en Pedro, mientras él le platicaba de qué iba ese proyecto que nos tenía en desvelo. Aquelarre se gestaba apenas, y habían pasado ya algunos años desde el último encuentro entre ellos. Aquí todo tiene su mímesis, pensé, mientras yo miraba los pinceles, el tapanco, la biblioteca empolvada y a ellos. Vasijas con cuello, vasos de boca reducida, platos de cuerpo pesado. Formas marcadas una a una, como las personas.

Gustavo tiene algo de muy muy lejos en la mirada, como si viniera de un viaje largo. Sus manos guardan la huella de las horas trabajadas frente al torno, levantando cilindros que después se abren, pliegan, desdoblan, multiplican. Pareciera que su cerámica contiene su propia humanidad, su corporeidad silenciosa y expresiva, su discreción tanto en las palabras como en el color. Los silencios de Gustavo son un sin fin de pensamientos contenidos, elocuentes como las superficies que dibuja con unos cuantos trazos.

Ese día volvimos cargados de sus cacharros, los que no son arte. Los que sin recelo aceptan el destino de la convivencia humana. Otra pareja llevó en brazos una pieza de galería, un regalo del horno que ahora sería suyo. Gustavo dedico la misma despedida a las piezas del taller como a aquella otra que se acompañaba de un certificado de autenticidad y volvió a aquella forma marina sobre su torno.

Con los años, la relación se ha vuelto más cercana y ahora que su obra y él me son conocidas, reconozco el asombro que causa en otros ese golpe de vista ante sus piezas, observo en sus rostros la curiosidad, el escrutinio de cómo lo hizo, la intensión de tocar esos cacharros. Me veo en ellos tratando de conceptualizar su reacción ante la arcilla transfigurada. Y entonces me pregunto cómo será el primer contacto para quien siempre ha convivido de manera tan estrecha con la cerámica. La única respuesta asequible me la ha dado, no sin la bruma de mi propia interpretación, el recuerdo de mi hijo emocionado abriendo la puerta a Gustavo, el señor de los cacharros, sabiendo exactamente qué cacharros eran y ayudando más tarde a abrir la caja donde estaban guardados los regalos de su horno.

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