Laberintos de Arcilla

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4Mar

Hay lugares con encanto. Al llegar, uno se pierde en el asombro, en el deseo de quedarse, o en su defecto, volver pronto. Sea por su arquitectura, su vegetación, el silencio que se respira, la inmensidad de sus cielos, el corazón llama a permanecer, a pertenecer a ese rincón único en el mundo. Tal sensación no es casual, muy por el contrario, en realidad se trata de intrincados laberintos que la única elección que permiten es entrar y emplean todo su poder en atrapar a aquellos cuyo talento hubo de recorrer largos senderos para manifestarse como destino.

Su secreto es su sencillez. Usan de pretexto las cosas simples, las que pasan desapercibidas, las que aparentan ser inofensivas. Una planta, es el ejemplo perfecto, mejor dicho, el anzuelo perfecto, discreto, cargado de vida, aparentemente en quietud. Una vez que lo adviertes, has entrado - no hay que olvidar que son laberintos- a un camino propio.

Existe una ciudad donde cada detalle es un mundo. Ella ofrece un ancla a los soñadores, un refugio para crear. La humedad que se respira hace florecer las paredes. Así es Xalapa, su arquitectura se pierde en la vegetación. Andar arriba y abajo por sus calles desorienta. De pronto estás en un lago, un bosque, das vuelta y una avenida te detiene.

Xalapa capturó a Gustavo Pérez, su vegetación lo hizo pensar su taller en medio del silencio y nutre su trabajo del mismo modo que la música. Será que la tierra húmeda –en Xalapa llueve tanto- es un eco de la arcilla cuyo olor le reveló que el torno sería el centro de su vida, que las posibilidades del barro torneado pueden ser superficies para dibujar desiertos apenas acentuados por un esmalte de color discreto, que un corte altera la redondez de un cilindro y transforma en dos lo que sigue siendo uno, que una línea trazada con navaja revela los secretos del barro y que cuando estos se comparten dan voz a nuevos ceramistas que como él fueron atraídos por el poder de la tierra y el fuego. Las piezas del taller de Gustavo Pérez tienen la fuerza de su creador, y aún más, el legado que ha dejado en tantos y tantos ceramistas que se han formado en él, y que han emprendido un camino propio como creadores.

Xallapan es un manantial en la arena, bancos de arcilla han nutrido el trabajo de alfareros de la región que elaboran todo tipo de utensilios y de otros que han llegado, seducidos por los encantos del lugar. El origen y el desarraigo conviven a diario en las calles de esta ciudad-laberinto, fundadora de nuevas raíces donde la creación posibilita encuentros. Felisa Aguirre llegó de muy lejos a fundar su centro, su morada, en medio de todo lo ajeno. Su pasión vertida en arcilla tornea pequeños detalles que son como anzuelos que la anclan a esta tierra y que capturan los sentidos de quien bebe en sus tazas, sus cuencos. Su cerámica hechiza, quizá porque el embrujo proviene de quién sabe qué encantos con que ella misma fue atrapada. Poemas inscritos en la piel del barro, ocultos entre esmaltes, en los dobleces de las asas, en las historias contadas con pincel, en azul y ocre.

Hay laberintos así, capturan a seres cuyo origen es de otras tierras y de tierra crean evocaciones de fuego.

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