La Vida es Sueño

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3Dic

El Barón de Munchausen, un viajero observador a quien le entusiasmaba ver lo que veía y más aún, contarnos la forma en que veía los aconteceres a su alrededor platica en una de sus tantas anécdotas la historia de una pulga de metal, visible sólo bajo una lupa, regalo especial para un zar-. Ésta saltaba y bailaba al ritmo de la cuerda de una caja musical, una encrucijada de engranes diminutos funcionando para dar movimiento al autómata, ¡hasta tenía botas con espuelas que giraban! La primera recopilación de las aventuras del Barón de Munchausen fue publicada en 1781.

¿Quién era capaz en aquel tiempo de idear tal mecanismo de ensueño?

La tecnología de las máquinas ha tenido su propia historia, desde artilugios mecánicos atribuidos a Arquímedes o Leonardo da Vinci hasta los intrincados mecanismos de los relojeros suizos, y de ahí su progresiva evolución tecnológica, un nicho de gran aceptación social ya que podemos delegar a un robot un sin fin de quehaceres que nos ahorran tiempo. Ésta ha sido una búsqueda de la humanidad desde siempre. En 1741 el gobierno francés, buscando automatizar la manufactura de telas, invitó al prolijo inventor Jaques Vaucanson a dirigir un proyecto de producción de telas nacionales. Este personaje, famoso por su ingenio, había creado ya varios robots (autómatas) muy complejos. El objetivo del proyecto era dejar de importar sedas, mejorando los telares existentes. Para 1745 logró hacer funcionar el primer telar automático. Más tarde, Joseph Marie Jacquard mejoraría esta tecnología en 1801 creando un telar al que, al insertar una tarjeta horadada, copiaría automáticamente el patrón dibujado en ella.

En el siglo XVIII la manufactura de telas movía la economía de varias naciones: Francia deseaba producir su propia seda y dejar de comprarla a China; España, competía con lana y algodón provenientes de La Nueva España. Si bien la lana es una aportación del viejo al nuevo mundo, la tradición del algodón data desde tiempos prehispánicos (algodón= ixcatl). En lo que ahora es México existía el telar de cintura, que permite hilar lienzos de 40 a 60 centímetros de ancho que se van uniendo entre sí, y lo más asombroso, la trama de los hilos tiene en su diseño toda la cosmovisión de sus creadores. La Corona española introdujo a la Colonia la rueca de hilar, las madejadoras, los urdidores y los telares de pedal, lo que posibilitó hacer lienzos de tela más amplios que se usaron incluso para hacer cobijas. Mas el telar de cintura subsiste, su uso se ha mantenido hasta hoy día. Sí, somos un país con arraigo.

El siglo de las luces expandió sus ideas libertarias por el mundo y para inicios del sigo XIX la Nueva España fraguaba su Independencia. Para mediados de siglo, la recién constituida nación mexicana, en plena explosión demográfica, requería manufacturar tela para vestir a sus pobladores. Se fueron sumando nuevos obrajes a los pocos existentes. Se implementó una versión de telar de Jacquard, inferior a la que revolucionó a Francia, pero superior a los a los telares de pedal existentes en México. Así, en los obrajes se siguió aprovechando el uso del telar de cintura y paralelamente se implementaron los telares Jaquard, que permitían automatizar el trabajo y abaratar costos, Pero las grandes obras maestras textiles, esos fascinantes lienzos de tela artesanales no fueron ni han sido producto de la industrialización. Es en los talleres más pequeños, los familiares, los que siguen empleando telares de cintura y pedal, donde la creatividad de la gente se da vuelo y nos asombra con un lienzo de tela.

Si observamos las pinturas de Pieter Brueghel (S. XVI), la vestimenta que usaba la gente eran parda o de color crudo, el color estaba reservado para aristocracia. En cambio, en la tierra de la calabaza, el aguacate y la piña se sacaban colores hasta debajo de las piedras. Insectos, crustáceos, pétalos, cáscaras, cortezas coloreaban todo para todos. Ello aunado a un desarrollo iconográfico simbólico vinculado estrechamente a la naturaleza. Animales de todas las órdenes, ríos, árboles, montañas, viento, sol, la naturaleza en todo su esplendor componen una riqueza exquisita que los criollos quisieron aprovechar, pero la Corona Española freno, puesto que un amerindio no podía vestir con mayor lujo que un peninsular. La conquista no puso atención en ciertos saberes, hubo algunos, como el telar de cintura, que se mantuvieron intactos. Los conquistadores querían oro, que las madres enseñaran a sus hijas los secretos del hilado y bordado no les significaba nada. La historia íntima de los pueblos se fue hilando desde las costas hasta las sierras, pasando por las llanuras; se fue tejiendo aislada, resguardada en el anonimato.

La explosión cromática con entramados geométricos, teselados que ordenan en un solo tramo de tela el cosmos, que cuentan la historia del día a día de un pueblo en manos de sus creadoras (creadores también los hay) subsiste y es parte esencial de la fortuna de México. Las andanzas de Vaucanson movieron la industria y la economía de muchos países, marcó un camino de innovación tecnológica; los textiles de México, en cambio, ya de cintura o de pedal, llevan en su entramado diseño y colorido siglos de cultura en permanente construcción, ensueño vívido que se contagia. Es tiempo de mirarlos y apreciar su riqueza.

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