La Mirada Doble

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5Nov

Existen objetos capaces de ejercer una suerte de embrujo en quien los mira. Han sido creados con las manos bajo la mirada de su creador. Su discreta dignidad y belleza parecieran decir llévame contigo. Entonces sucede algo extraordinario, llevando un hálito de vida, aquella mirada lejana, incógnita, se entrecruza con la mía, provocando, interrogándome.

No hace mucho, cuarenta años apenas, un hombre visitó una tienda en Nuevo México.

Tres vasijas llamaron su atención. Preguntó por el autor. La dueña de la tienda no sabía quién era pero era de México. Sin dudarlo, las compró y las colocó en una repisa de sus casa donde pasó días y días mirando los perfectos diseños de su decorado, la sutileza de su forma. Trataba de imaginar al artista que las hizo. Fue tanta su fascinación que decidió buscarlo. Indagó de pueblo en pueblo, de casa en casa, mostrando unas fotografías de las vasijas, hasta que llegó por un camino de terracería a un pueblo de Chihuahua, abandonado como muchos otros a causa de la migración. Spencer Heath MacCallum tocó a la puerta de una casa de adobe, se halló de frente con un hombre delgado y pobladas cejas negras: Juan Quezada. No se sabe quién de los dos era el más sorprendido, si Spencer al concluir su búsqueda o Juan al ver las fotos de sus vasijas.

En Mata Ortiz, el poblado donde sucedió el encuentro, no se hacía cerámica desde hacía más de cinco siglos ¡Cinco siglos! Sólo quedaban acaso ocho alfareros y restos de “ollas pintas” en las cuevas de la sierra cercanas a Paquimé. De chavalo, Juan vivía de buscar leña, se iba con sus animales de carga por aquellos caminos y se metía a buscar las ollas, porque decían, en semana Santa se abrían los tesoros. Pero las ollas tenían esqueletos y no riquezas. Había unas bien bonitas, sus dibujos lo atraparon a tal grado que se empeñó en hacer algo así y experimentó como pudo. -Era un guerra que yo traía-, comentó muchos años después.

Juan le mostró a Spencer más piezas y dijo que podía hacer mejores pero llevaba tiempo. Spencer le encargó hacerlas y pronto comenzó una relación de trabajo en la que el antropólogo estadounidense, otrora niño arqueólogo voluntario en Teotihuacán, fue el promotor de un movimiento cultural contemporáneo sin precedente y Juan el artífice del milagro de Mata Ortiz, porque de ser sólo nueve personas las que se dedicaban a la alfarería, luego de treinta años eran trescientas cuyas piezas adquirieron prestigio internacional.

Juan, como Spencer, había sido seducido por la belleza de un objeto y el viaje creativo que emprendió tuvo a bien cruzar con la mirada de MacCallum en aquellas tres primeras vasijas. Sí, cuando dos miradas se cruzan, algo sucede, aunque haya que cruzar un laberinto para llegar al otro y desentrañar el tesoro que oculta.

Hablando en términos más llanos, la producción artesanal -textil, cerámica, orfebre, no importa- urge por esa mirada que la revitalice y permita a sus creadores dignificar su labor y pertenencia; y a nosotros, ser partícipes de su florecimiento, porque también en él radica nuestra multivalente identidad. Esa mirada es la nuestra, la de quienes somos tomados por sorpresa al detenernos a observar una pieza que desde hace tiempo busca vernos a los ojos.

¿Te ha pasado? ¿Te ha cautivado un objeto artesanal?


Spencer MacCallum y Juan Quezada. Foto: Raechel Running

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